Lección 40: Soy bendito, hijo de Dios
Imagina que te propones recordar algo importante cada diez minutos y a la media hora ya lo olvidaste por completo. Tu reacción casi segura es reprocharte: «¡otra vez fallé!». Esa escena es la puerta de esta lección. Viene justo después de la lección 39, donde vimos que mi santidad es mi salvación, y nos enseña algo que vale tanto como la idea misma: cómo tratarnos mientras la practicamos.
¿Qué significa «Soy bendito por ser un hijo de Dios»?
Uno lee esta lección y puede preguntarse: un hijo de Dios, ¿qué es esto?, ¿qué significa?, ¿hacia dónde me lleva? Aquí el Curso aplica, una vez más, una técnica fundamental de entrenamiento mental, que es la conciencia: traer este pensamiento de manera disciplinada y rigurosa cada diez minutos. Esa bendición no surge de manera azarosa: surge porque venimos de Dios. No tienes que ganártela, solo reconocerla.
¿Y si me olvido? La paciencia que enseña esta lección
Mira la inteligencia creadora que hay detrás de este libro: tiene tal nivel de compasión y de amor que sabe que nuestra mente no puede sostener la idea cada diez minutos. Y te dice, con un amor que a mí me maravilla en cada palabra: si te olvidas, trata de nuevo; cada vez que te olvidas, trata de nuevo; y si te olvidaste durante horas, incluso así, trata de nuevo. Siempre que te acuerdes, trata de nuevo.
¿Qué te está mostrando? Que tu mente se va a perder, porque no está acostumbrada a este nivel de conciencia, de presencia y de certeza. Y no te olvides de que una de las características del maestro de Dios es la paciencia, y esa paciencia empieza por casa, por uno mismo. «Guau, estuve una hora sin acordarme.» No importa. Intenta de nuevo, intenta de nuevo.
¿Cómo practicar la lección 40 hoy?
Esta lección, además de hacerte repetir para asentar la idea en la mente, empieza un formato de lecciones que te va a llevar a descubrir la voz del Espíritu Santo, la voz de ese canal infinito de amor que eres. Te lo adelanto para que empieces a ser consciente de algo que quizá ya ocurre en tu mente, y que cuando lo reconozcas te permitirá distinguir con claridad la voz del ego de la voz del Espíritu. Puedes seguir estos pasos:
- Repite «Soy bendito por ser un hijo de Dios» cada diez minutos, tan seguido como te acuerdes.
- Si te olvidas, incluso por horas, no te juzgues: vuelve a intentar.
- Después de repetir la idea, añade algunos atributos de lo que es un hijo de Dios: «soy feliz», «estoy en paz», «estoy calmo», o cualquiera que venga a ti.
- Hazlo con los ojos abiertos, con los ojos cerrados o como sea: lo importante es tener la lección presente durante todo el día.
- Observa cómo un pensamiento santo trae al siguiente, sin forzarlo.
¿Qué cambia cuando la practicas, y si no sientes nada?
Hay algo sustancial en el pensamiento: cuando a partir de uno santo dejamos que la mente piense, la mente empieza a impregnar cada pensamiento con la santidad. Y también ocurre lo contrario, algo que se explica bastante bien en la famosa ley de atracción: cuando tengo un pensamiento de separación, otro de lucha y otro de conflicto, la mente se va impregnando de eso. Por eso es tan importante sostener la lección durante todo el día.
No es una lección repetitiva. Es una lección para observar y asentar un pensamiento, y ver cómo a partir de él se hilan otros que jamás pensaste que tendrías, que jamás imaginaste que estaban en tu interior. Claro que están: son pensamientos santos que viven en la mente santa del Creador. Y cada uno de ellos nos trae un poco más de certeza sobre quiénes realmente somos.
Si hoy no notas nada, no te alarmes: el entrenamiento de la mente se construye con repetición paciente, y ya viste que olvidar forma parte del camino. Si arrastras un sufrimiento intenso, déjate acompañar también por un profesional. Mañana seguimos con la lección 41, Dios va conmigo dondequiera que yo voy. Hoy no solo disciplinamos la mente: la dejamos extenderse hacia pensamientos de amor, uno detrás de otro.
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